La envidia (Parte 02)

publicado en: Sergio Aquino | 0

Andemos como de día… no en contiendas y envidia. Romanos 13:13


El día lo esclarece todo. No obstante, tanto las contiendas como las envidias son parte de las tinieblas. No se hacen a la luz del día. Nunca he conocido a alguien que diga públicamente que sufre de envidia. Es un sentimiento oculto, que permanece en las tinieblas de los rincones más pecaminosos de nuestro corazón. Allí se asila, se alimenta, crece y a veces se manifiesta con las más bajas intensiones. La Palabra de Dios nos advierte que debemos andar como de día, mostrando nuestra cara y nuestra transparencia. La envidia debe desecharse tan pronto como aparece; de lo contrario, solo nos resta esperar los letales efectos personales y en los demás.

El gran mensaje sobre el amor escrito por Pablo en 1Corintios 13, nos menciona esta palabra en el siguiente contexto:
El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece. 1Corintios 13:4.

Bien sabemos que la palabra amor es una de las más prostituidas entre los vocablos de los seres humanos. El amor ha sido rebajado a expresiones de sensualidad, erotismo e inclusive tristes manifestaciones de bestialidad humana.
Relaciones sentimentales, fugaces o sensuales, han recibido el apelativo de amor. Se habla de “hacer el amor” como si aquello fuera una fábrica para producir algo material.
La biblia enseña que el amor tiene aquellos ingredientes menos apetecidos por los hombres. El sufrimiento y la benignidad no son parte del inventario de aquellas telenovelas o series en cuyos libretos abunda la palabra amor. Sin embargo, a la luz de lo que Dios enseña respecto al amor, el que ama sufre por causa del otro. Y no solo eso, sino que no hay cabida a la envidia a la jactancia o al envanecimiento. Cuando hay amor, no puede brotar la envidia, pero la envidia evidencia la carencia de amor.

En vano ocultamos esta condición ya que el Señor nos conoce plenamente. Por lo general, el envidioso oculta sus sentimientos y no está dispuesto a reconocer tal pecado. El cristiano inmaduro y que adolece de envidia, nunca reconocerá lo que esta sintiendo y difícilmente pedirá perdón por tal pecado, que ni él reconoce que lo tiene desarrollado.

No obstante, si el cristiano maduro llega a sentir envidia de algo o de alguien, inmediatamente acudirá al trono de la gracia de Dios para pedir ayuda, a fin de hacer morir a aquella salvaje bestia desmenuzadora que constantemente esta amenazando. Si dejamos sobrevivir en nosotros la envidia, los daños son insospechados. Tanto el envidioso como el envidiado, son afectados por este pecado.

Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de ENVIDIA , y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Santiago 4:2.

Pr. Sergio Aquino

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