La envidia (Parte Final)

publicado en: Sergio Aquino | 0

No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiandonos unos a otros. Gálatas 5:26
Por lo general, el que envidia siente una gran, pero oculta admiración por el envidiado. Se siente menor y siente que no tiene la capacidad de tomar su lugar. Cuando estos sentimientos comienzan a gobernar la mente y el corazón de un individuo, es que estamos frente a un preocupante síntoma de descontrolada envidia. La biblia es tan fuerte para precisar y diagnosticar a este germen, que inclusive agrega: Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad. Filipenses 1: 15.

Es sorprendente que la biblia enseñe que algunos predican a Cristo por envidia, cuanto mas tristeza sentirá el Señor Santo y Todopoderoso.
Por lo que vemos, la envidia nos enceguece y nos puede llevar a locura de tomar el nombre de Dios en vano. Predicar el evangelio por envidia es lo mas terrible que nos podría pasar. Fingir ser un predicador por envidia a quienes sí han sido llamados a predicar, es lo más nefasto que una persona puede hacer.
Así como este texto, los otros citados anteriormente siempre presentan juntos, a la envidia y la contienda, y no podría ser de otra forma, porque así como Saúl que por envidia inició una intensa contienda en contra de David, todo individuo preso de la envidia, tarde o temprano será causante de contienda y por ella, de destrucción.

Existe otro pasaje de la biblia que presenta este pecado cual fuego que se enciende y abrasa al individuo que la manifiesta. Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Santiago 4:2.

Si no conociéramos la autoría de este texto, jamás nos imaginaríamos que se trata de una instrucción apostólica hacia hermanos de una iglesia cristiana.
Existen en las iglesias hermanos que codician cosas onerosas y ostentosas. Aun careciendo de lo básico, no están dispuesto a tener lo suficientemente necesario, sino que sus aspiraciones son tan elevadas, que nunca consiguen nada y continúan en la triste cadena de la indigencia y de la codicia. Por lo general, se dice que el que posee mucho es un codicioso, pero hay algunos que no teniendo lo básico, codician aquello que no logran conseguir.


Este arquetipo de personas y que cuesta decir que hay muchas en las iglesias, son por lo general, aquellos que la biblia dice que “arden” de envidia. Que se desesperan por no alcanzar lo que otros ya poseen. A estos, Dios les dice, que por causa de la envidia no reciben lo que tanto anhelan. La envidia es una resistencia u oposición a la gracia de Dios.
Los que viven envidiosos de sus vecinos, compañeros y hermanos, no soportan la prosperidad y los avances del otro, se entristecen cuando el otro es bendecido y usado por Dios. Se agobian al ver fluir la gracia y la bendición en sus semejantes. ¡Que triste es la vida en medio del fuego de la envidia!

Finalmente, a modo de conclusión, podemos decir que en nosotros se asila un germen destructivo y devastador que se llama envidia. En vano podemos decir que somos inmunes al desarrollo de parásito destructor. No obstante, sí podemos contrarrestar su manifestación, acudiendo de manera urgente al supremo cirujano, nuestro Señor Jesucristo, a penas intente mostrar su amenaza y sus efectos.
Amados hermanos, el creyente no ama la envidia, pero puede desarrollarla y es por eso la necesidad de abordar este tema con mucha madurez y responsabilidad. Cualquiera de nosotros puede el día menos pensado sentir envidia de alguien y es ahí, en ese preciso momento que nuestras rodillas se deben doblar y pedir auxilio al Dios quien si tiene el poder y el antídoto eficaz para derrotar el pecado.
La envidia a diferencia de otros pecados, es oculta y nadie puede acusarla con pruebas indubitables o empíricas. Es un monstruo que se esconde eficazmente en las cavernas más oscuras del descompuesto corazón del hombre.
Lo que parece una descripción tan cruda y casi exagerada, es parte de la realidad que no podemos ocultar y que ha través de la historia de la iglesia ha dejado saldos tristes e indelebles debido a cientos de contiendas, disputas y pleitos en medio de los santos que enlodan el testimonio de Cristo, atropellan la dignidad de los hermanos, apagan el espíritu, detienen el avance de la obra en el Señor y elevan un triste espectáculo ante un mundo incrédulo que se mofa y se justifica de estar afuera.

Hagamos caso a consejos como el del mismo apóstol Pedro cuando dice:
Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor. 1Pedro 2: 1-3
Que así sea, amén.

Pr Sergio Aquino

Compartir en:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *